Jugar en la edad adulta

Jugar en la edad adulta

Que jugar es sano lo dice cualquier manual. No hay psicólogo, terapeuta o educador que no vea las posibilidades del juego para el crecimiento integral de la persona, para la construcción de la personalidad, para el descubrimiento del entorno y para la socialización. Jugar libera, relaja, desarrolla y fortalece el espíritu, además de ayudarnos a construir actitudes positivas como la superación, la solidaridad, el esfuerzo, la empatía y el tesón, entre otras.

Entonces… ¿por qué limitar el acto de jugar a las edades tempranas? Es más, ¿por qué permitimos cada vez menos el juego? ¿Por qué lo eliminamos de la agenda de nuestros niños cada vez antes? Frases como “no pierdas el tiempo y haz algo de provecho” o “eres un juguetón, deberías centrarte” no ayudan a valorar el juego como algo necesario y bueno en el proceso educativo. “¡Deja de jugar y ponte a estudiar!” o “se pasa el día jugando, a ver cuándo madura” son afirmaciones que no contribuyen a que se tenga el juego como algo positivo sino, precisamente, como aquello a erradicar si queremos ser productivos.

¡Qué error! Jugar es tan hermoso, tan enriquecedor y tan satisfactorio, que debería estar incluido en nuestras acciones cotidianas, incluso en la edad adulta. Hay que jugar conscientemente, eso sí; jugar sin competitividad, sin malas artes y sin adicciones, por supuesto. Lo mejor es jugar por el placer de hacerlo, desde la generosidad, la desinhibición, el espíritu de compartir y la alegría. Jugar por jugar, sin buscar ganar: ganar es jugar, no el resultado del juego. Quien juega ya gana.

¿Y qué ganamos al jugar en la edad adulta? Primero están los beneficios de las endorfinas que produce la satisfacción personal. Además, al jugar ponemos en movimiento nuestro cuerpo y nuestras neuronas. Y por último, jugar nos relaciona con otras personas, nos hace sentirnos vivos y nos recuerda que aún somos capaces de crear, de inventar, de transgredir, de reír con ganas.

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Jugar en la edad adulta

Juguemos pues. Cualquier juego en el que intervenga el cuerpo, algo de pericia, una buena dosis de ingenio y un mucho de espontaneidad va a ser bueno. Convirtámonos en niños sin prejuicios, pisemos más charcos, organicemos sesiones de juegos de nuestra infancia, disfracémonos sin que sea por un motivo en el calendario, disfrutemos inventando y rompiendo reglas, riamos a carcajadas al sentirnos nuevamente libres y sin ataduras.

Jugar en la edad adulta nos acarrea tantos beneficios como lo hizo jugar en edades tempranas. No hablamos de deporte de competición ni de ejercicios de mantenimiento, sino de acciones improvisadas, divertidas y gamberras que nos recuerdan que vivimos conscientemente. Nos sentiremos más felices, menos apretados, menos condicionados y, sobre todo, más  vivos. Por no citar la creatividad: os aseguro que a mí jugar me inspira; muchas de las mejores ideas surgen de ratos de juego espontáneo. ¡Van tan de la mano lo creativo y lo lúdico!

Porque jugar no ha de ser una actividad solamente para los niños. Porque jugar nos hace ser imaginativos, creativos e ingeniosos. Porque jugar pone en danza nuestro cuerpo, nuestras articulaciones, nuestro sistema nervioso y nuestro corazón. Porque jugar nos relaciona con más personas. Porque jugar no es participar y poder ganar o perder, sino ganar siempre. Porque jugar, en definitiva, nos hace descifrar la vida en claves de diversión, espontaneidad y libertad.

¿Prejuicios? ¿Temores? ¿Pudor? ¡No! Empieza por sonreír. Recuerda que, como he dicho más veces, una sonrisa es siempre un buen comienzo. A partir de ahí, lánzate. Nadie va a poder contigo si te tomas la vida como un juego. Ya lo decía Charles Chaplin: la vida es demasiado importante como para tomársela en serio.

Mikel Alvira

Mikel Alvira es novelista, guionista y poeta. Escritor sobre cualquier formato que le inspire a crear, ha publicado varios best sellers y es habitual que sorprenda a su público con manifestaciones escénicas, plásticas o audiovisuales. Sus letras abordan siempre las relaciones personales, las emociones y las pasiones humanas.