Reinventarse a los cincuenta años, un ejercicio de introspección

En poco más de un mes cumpliré cincuenta años. A veces me lo repito, porque la verdad es que no me acuerdo. No me acuerdo nunca de la edad que tengo. Durante un tiempo, la gente que me rodeaba llamó a esto “inmadurez”. Fui inmadura con veintiún años, con treinta, con cuarenta… Es curioso, teniendo en consideración que quien me acusaba de ser inmadura sabía que siempre he sido una persona cargada de responsabilidades, buscadas o no. Pero no es esto lo que me interesa comentar.

Reinventarse a los cincuenta, un ejercicio de introspección

“Nuestra vida es un cuento que nos vamos explicando a nosotros mismos”

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Hace unos días fui consciente, en uno de esos momentos en los que me recordaba que voy a cumplir cincuenta años, de que nunca me acuerdo de mi edad porque me he sentido mayor desde siempre. O, mejor dicho, vieja. Y digo “vieja” en el mejor de los sentidos. Alguien me dijo una vez: “Eres un alma vieja”. En ese momento no le presté demasiada atención y sonreí con amabilidad. De eso hará unos diez años. Me pareció que aquella persona simplemente estaba utilizando una frase tópica. Pero me he dado cuenta de que tenía más razón de lo que me pareció en un principio.

A veces tengo la sensación de llevar mil años sobre la tierra. Pero eso no me provoca ningún tipo de escepticismo. Más bien al contrario: la estrepitosa lucidez, llena de dolor, que me regaló mi adolescencia, me ha permitido a lo largo del tiempo ir relajándome y vivir el tiempo en una especie de recurrencia. A veces creo que voy hacia atrás, aunque el tiempo siga hacia delante. Y es una ventaja. A lo largo de mi vida he aprendido, básicamente, una cosa: todo está, siempre, por hacer. Podemos reinventarnos a cada momento. Aunque el pasado puede condicionar nuestra visión sobre el presente, en el fondo tenemos todo en nuestras manos. Nuestra vida es un cuento que nos vamos explicando a nosotros mismos.

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Si he tenido esto muy claro ha sido porque me he dedicado a escribir. Siempre diré que escribir nos da la oportunidad de vivir más vidas: esto no es nuevo, claro, lo han dicho otros antes que yo, pero es nuevo cada día en mi vida. Y me gusta recordarlo, en mi vida y en mi obra. Me gusta crear nuevos mundos en cada texto. Me gusta reflexionar. Para mí se ha convertido en una vida más por vivir.

En septiembre saldrá a la luz mi próxima novela: Subway Placebo (ed. Playa de Ákaba). Al escribirla me planteé qué podemos hacer para que vivir no nos resulte doloroso. No quiero decir que tenga muchas respuestas, aunque, desde luego, no está exenta de preguntas. Preguntar es una manera de empezar un camino. Mientras la escribía, fui consciente de hasta qué punto la obligación de ser felices a la que nos condena nuestra sociedad nos convierte en seres infelices. Fui consciente de que nuestro mundo nos bombardea con publicidad porque nos sentimos vacíos. La alienación, hoy en día, pasa por dejar de ser nosotros mismos sin saber qué somos exactamente.

Reinventarse a los cincuenta, un ejercicio de introspección

“Siempre nos estamos desplazando por las esquinas de nuestro ser”

De alguna manera, somos aquellos seres que viajan por debajo de nuestra vida: de ahí la imagen del metro en mi novela. Somos nómadas de nosotros mismos, perseguidores de alguien que ya somos en realidad. Siempre estamos viajando hacia un lugar que es nuestro ser. La existencia sería más sencilla si tuviéramos en cuenta que no hay lugar a donde ir, o que ese lugar al que querríamos ir (allí en donde seremos felices finalmente) está siempre aquí y ahora.

La necesidad de estar insatisfechos que se cultiva en nuestro mundo occidental genera el anhelo del viaje. No es necesario ese anhelo si somos conscientes de que siempre estamos viajando, de que siempre nos estamos desplazando por las esquinas de nuestro ser, buscándonos a nosotros mismos. Y no hay que buscarse, porque ya estamos aquí. No hay que compararse a un ideal (de persona, de vida) que siempre nos hará infelices. Buscar la propia felicidad nos hace infelices, y convierte el mundo y todos sus alicientes en un enorme placebo, en una falsa medicina que nos aligera del dolor de existir porque creemos que así lo hará.

No quiero decir, con todo lo anterior, que debamos estar inmóviles. Es imposible estar inmóviles. La esencia misma del ser humano es el movimiento y la mejora en todos sus ámbitos. Somos así desde siempre. Tú también puedes descubrir que, lo veamos o no, vivir ya es, de por sí, reinventarse.

Rosario Curiel

Rosario Curiel (Lleida, España, 1964) es Doctora en Filología Hispánica y Catedrática de Lengua Castellana y Literatura. Cultiva la poesía, la narrativa, el ensayo y el género escénico, aunque se define básicamente como novelista. Tiene cinco novelas publicadas: entre ellas, cabe destacar El Secreto de mi Nombre (una de las obras finalistas en el Premio de Novela Fernando Lara 1996) y Memorias de la Salamandra, que se situó entre las novelas finalistas en el Premio Nadal 2006. Pertenece a la Generación Subway.

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