Correr me ayuda a superar los retos de la vida

Correr me ayudó a superar divorcio y desempleo

A primeros de 2009 me quedé sin matrimonio, sin trabajo, sin dinero y con un montón de deudas y dos hijas a las que criar. Llevaba cinco años planteándome la separación, e incluso lo había intentado en serio una vez, pero debido a mi nefasta experiencia de niña (mis padres son divorciados), no quería someter a mis hijas a una situación parecida. No fue algo que me tomara a la ligera – antes de dar el paso definitivo agoté todas las vías para intentar salvar mi relación, incluyendo la terapia de pareja, que hicimos durante dos años. Pero si, a pesar de tener hijos, te encuentras con que duermes en habitaciones separadas, que tu matrimonio saca lo peor de cada miembro de la pareja, que falta la complicidad, el apoyo, la confianza y el respeto, y además estás en el ecuador de tu vida, encuentro sin sentido perpetuar una situación que no hace feliz a nadie. Claro que a ningún niño le gusta que sus padres se separen pero a la larga, si ven que los papás son más felices por separado y además pueden dedicarles más tiempo y atención por ello, lo comprenden. Conozco personas que han mantenido un matrimonio infeliz durante décadas “por los hijos”, y esos hijos están deseando que sus padres se separen de una vez, porque la situación en la casa es insostenible.

Hay pocas cosas más desoladoras que sentirse solo en compañía, y estoy segura de que mi ex esposo sentía lo mismo que yo. El único motivo que hacía que siguiéramos juntos era que los dos queríamos dormir bajo el mismo techo que nuestras hijas.

Aún cuando eres tú quien toma la decisión de marcharte de una relación, sobre todo si hay hijos, se te rompen las entrañas cuando tus hijos te preguntan por qué papá y tú ya no vais a vivir juntos. Y si eres extremadamente sensible, como es mi caso, encima te da lástima el padre de tus hijos y no quieres verlo sufrir, aunque sepas que te resultaría imposible seguir conviviendo con él.

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Correr me ayudó a superar divorcio y desempleo

Cuando me fui de la casa familiar, que no nos podíamos permitir en un momento de recesión global y de crisis personal, me llevé solo mi ropa, mis libros, mi computadora y a mis hijas y sus libros y juguetes. Soy de las que piensa que en la vida cuanto menos lastre cargues, mejor. A veces añoro un mueble que compré con cariño, o que me regalaron, pero realmente pertenece a una vida pasada que a veces me angustia recordar. Claro que quería que las niñas estuvieran cerca de su padre y que pasaran tiempo con ambos y así ha sido y así es. A pesar de que mi ex esposo y yo nos hablamos y mantenemos una relación cordial y acudimos juntos a los eventos escolares de las niñas y somos flexibles en cuanto al tiempo que pasamos cada uno con ellas, no es la situación que yo soñé el día que me casé, claro. Y menos aún cuando tuve a cada una de las niñas, aunque hubo muchas indicaciones de que no estábamos hechos el uno para el otro. Más adelante yo conocí al que ahora es mi esposo y mi ex se acaba de prometer en matrimonio con una mujer maravillosa.

Cuando nos divorciamos, lo hicimos sin abogados, y yo pedí al juez no recibir una pensión alimenticia de mi ex marido. Sin embargo yo recibía ayuda estatal para poder alimentar a las niñas y mis ingresos eran mucho menores que los de él, y el juez dictaminó que debía recibir esa pensión – pequeña – pero recibirla. El caso es que tengo la impresión de que una pensión, grande, pequeña o mediana, es algo que te ata a tu ex – a la persona con la que no puedes convivir. Si te paga, si eres como yo, te sientes mal por él, si no te paga se lo tienes que pedir y eso conlleva fricciones y un gasto de energía emocional que una no está para despilfarrar.

Vendí todas las joyas de oro que tenía y que eran la mayoría recuerdos de familia y regalos para mí o para mis hijas. Vendí incluso ropa y zapatos que estaban en buen estado. Todo esto para poder pagar el alquiler de mi apartamento de separada. Descubrí que había ayudas del gobierno para madres sin recursos y las solicité. Familia y amigos me ayudaron sin pedirlo y acepté todo en nombre de mis pequeñas. La recesión estaba en pleno auge en Estados Unidos, y cerraron el periódico para el que había escrito los últimos cuatro años. Nadie quería contratar escritores o traductores y no tenía experiencia haciendo otra cosa. Intenté trabajar de vendedora o cajera en un supermercado, pero ¿quién cuidaría de mis hijas si tenía un trabajo con horario? Además, no hubiera durado ni una semana. Me puse a vender joyas de plata de firma, y eso me ayudó a ir tirando además de salir de casa y no deprimirme del todo.

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Correr me ayudó a superar divorcio y desempleo

Mirando atrás a veces me pregunto cómo soporté esa época. Hubo días en que cuando mis hijas estaban con su padre, me tenía que meter en la cama, desconectar el teléfono y simplemente descansar, dormir, leer e incluso rezar. No soy religiosa, pero cuando tocas fondo, rezar ayuda a sentirse mejor, al menos a mí me alivia.

Cuando las niñas estaban conmigo y no quería que me vieran en la cama hecha un desastre, les pedía que salieran conmigo a la calle y se sentaran en los escalones delante del edificio de apartamentos, mientras yo corría alrededor de un estanque. Tenían 7 y 4 añitos y a veces corrían o caminaban junto a mí durante una vuelta, para luego sentarse otra vez o jugar a pintar en el suelo con tiza. Solía correr durante veinte minutos o media hora – para no hacerlas esperar demasiado – y me pesaban las piernas, los brazos y sobre todo el alma. En esa época cuando corría escuchaba libros de superación personal en mi Ipod. Desde Un Curso de Milagros a libros de Wayne Dyer, los escuchaba una y otra vez. Uno en particular me ayudó mucho: Welcome to Your Crisis, de Laura Day. Mientras corría, aunque fuera dando vueltas a un pequeño estanque de la urbanización y con mis nenas reclamándome a cada rato, sentía que recuperaba fuerza. Recuerdo que mi hija pequeña me dijo, “Mami, yo camino más deprisa de lo que tú corres”.

Y tenía razón porque, cuando te sientes derrotada, es muy difícil adquirir ligereza física. Aún así seguí corriendo, aunque fuera a paso de tortuga, aunque mi hija de cuatro años caminara más rápido de lo que yo era capaz de correr.

La época posterior a mi separación no fue la mejor en cuanto a mi rendimiento físico, pero aún así correr cada día me ayudó a darme cuenta de que tenía más fuerza interior de la que yo creía. Cuando corres, al igual que en la vida, cuando crees que ya no puedes más, es el momento de apretar un poco y decirte que sólo tienes que recorrer unos metros más, o llegar hasta el final del día. A veces te sorprendes al comprobar que eres capaz de recorrer no solo unos metros más, sino otro par de kilómetros, o que no sólo llegas al final del día, sino que esa misma noche se te ocurre un plan estupendo para aumentar tus ingresos o lanzar un proyecto que te impulsará hacia nuevos horizontes.

Lorraine C. Ladish

Bilingual and bicultural Latina editor, writer, speaker, online influencer and mom. Founder of Viva Fifty! Published author of 18 books. Her forthcoming title Your Best Age will be released by HarperCollins in September of 2017.